Y piensas en dejarlo, en abandonar de nuevo, en correr tan
lejos que el destino no te alcance. Y vuelves a pensar en lo imposible, en lo
miserable de una vida que lacera a gotas de soledad, de promesas olvidadas, de
silencios sin distancia. Y piensas en dejarlo, una y otra vez, recordando las caídas
que te dejaron sin aliento, las noches que cerraste los ojos pensando que era posible,
aburriendo a tus sentidos hasta el exterminio de la rúbrica. El objetivo de
dejarlo contamina tus pensamientos, abandonas por dejadez, por la paciencia
ante un reloj que te empuja hacia un abismo de responsabilidades, hacia un
destino marcado que te paraliza. Es el suicidio del cobarde, el silencioso
camino de penitencia que una vez recorrido se graba a fuego en tu alma, marcándote
como a ganado, manchando de mediocridad lo que alcanza con su vista.