Me quedo ahí, al otro lado del insomnio,
al otro lado de tus besos, obligados a existir. Me quedo ahí, entre las sombras
que pululan con los trazos de una realidad destemplada por el éxito, por el
susurro de versos sin destino. Oculto en el desliz de un futuro equivocado, arrastrado
al destrozo realizado por un presente cargado de tinta con memoria, de tinta
roja que resbala por el tapiz congelado de la inocencia. Ponderosa razón que velas
con realidad la belleza de la vida, de la existencia más allá de la carne
flácida, de los suspiros arrítmicos, de los huesos dañados por el reuma del conocimiento.
Pobre intruso quien se atreva a desafiarte, a buscar más allá de la piel lo que
tus manos ofrecen, pues siempre será más grande el desaliento, el llanto, la
desgana. Nunca conocí quien venciera el miedo de perderte y pudiera seguir
cuerdo para contarlo. Pero quizás la cordura no sea más que otra trampa
orquestada por tus ojos, tal vez sólo un loco esté lo suficientemente cuerdo
para darse cuenta de ello.