martes, 6 de septiembre de 2016

Ya es tarde

Se agotó el silencio, fundido como mantequilla en el calor de tus labios. Se escurrió la desidia, en un parpadeo de palabras dulcificadas por las prisas de olvidarlo. Se perdió el norte, en un viaje sin destino ni dueño, sin pétalos que desgarrar, sin miradas que buscasen locuras impronunciables. Se fue el día, sin promesas de volver, temeroso de una oscuridad palpitante, deslumbrante, hasta ese punto en el que el negro al fundirse con los sueños incumplidos, deja una huella a fuego que llena de envidia a cualquier estrella con ansias de grandeza. Se transformó en orgullo el pálpito del estómago, el contoneo de unos suspiros llevados hasta el tacto, obligados a decidir entre marfil y piel, entre grito y llanto.