Se agotó el silencio, fundido
como mantequilla en el calor de tus labios. Se escurrió la desidia, en un
parpadeo de palabras dulcificadas por las prisas de olvidarlo. Se perdió el
norte, en un viaje sin destino ni dueño, sin pétalos que desgarrar, sin miradas
que buscasen locuras impronunciables. Se fue el día, sin promesas de volver,
temeroso de una oscuridad palpitante, deslumbrante, hasta ese punto en el que
el negro al fundirse con los sueños incumplidos, deja una huella a fuego que
llena de envidia a cualquier estrella con ansias de grandeza. Se transformó en
orgullo el pálpito del estómago, el contoneo de unos suspiros llevados hasta el
tacto, obligados a decidir entre marfil y piel, entre grito y llanto.