Es fácil para el silencio que nos mira, que perdura, que no muda, que satura nuestros tímpanos cada vez que nos respira, con una voz apagada que no viene en nuestra ayuda. Nació libre entre susurros, amaneció sudoroso al otro lado del espejo y aparece a pasito lento en cada esquina, recorriendo cada cuerpo, como un frío hilo de nerviosismo que resbala por tu piel, cada vez que la ves, sonriendo desde lejos. Silencio en su sonrisa, en su mirada, en su espera, los movimientos se congelan, pues el tiempo se marchita. ¿Quién necesita tiempo en una imagen fija? en una perfección atemporal donde todo sobra. Donde todo es exactamente como antes, como después y como ahora, donde las luces del día no esperan otros días, donde no suenan melodías, si decidimos que el silencio no es la melodía más maravillosa que existe, una melodía eterna que la mayoría nunca se cansa de interrumpir, pero que no se inmuta, sigue ahí, detrás de todo lo nimio, justo donde empieza lo importante, justo ahí, donde el silencio grita.
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