Cerré los ojos y te vi. Y eras más linda que todos los recuerdos que retuve, más bella que todas las estrellas que paseaban por mi ventana intentando restarle protagonismo a tus ojos reproducidos por mi mente. Tuve miedo a despegar los párpados, siendo consciente del desfallecimiento que la luz crearía en mi memoria, te vi sonriente. Con esa sonrisa que tiñe de fuego el invierno más crudo, que inyecta envidia en las venas del tiempo, que intenta impregnar de olvido aquello que le hace competencia. Te vi en pasado, proyectada en el futuro, en un espacio atemporal donde todo es posible, donde te he besado tantas veces que ya conozco las muecas que fabrican tus mofletes, el sabor de tus labios a las tres de la tarde y el frío de tus pies a las dos de la mañana. Me quedaría en ese espacio contigo eternamente, sino supiera que aún estoy a tiempo de tenerte en este lado, en esta realidad donde construyo canales infranqueables, que sólo son visibles a nuestros ojos. En un mundo con más de siete mil millones de personas, la intimidad de mis palabras consiguen sacarte esa sonrisa que tanto me gusta. Vuelvo a cerrar los ojos, porque no pienso dejarte sin ese beso...
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