Nunca supe que los elefantes eran grises, que las chicas
guapas mentían, o que la única verdad sobre la amistad es que no es para
siempre. Yo los veía con sus orejas gigantescas, salpicando con el viento a las
moscas que intentaban medirse con su adversario, un adversario que les venía
grande. Yo nunca supe que los elefantes eran grises, los miraba y los volvía a
mirar, esperaba a que se durmieran, me despertaba soñando con que la luz que
bailaba sobre su gruesa capa de piel me revelaría el color con su reflejo.
Estaban ahí, con su trompa, con sus patas como palmeras bailarinas, con sus
colmillos retorcidos en una sonrisa burlona, que se hacía grande por mi
ignorancia. Nunca supe que los elefantes eran grises, y por un tiempo pensé que
no importaba saberlo, al fin y al cabo la felicidad no radica en el color de un
elefante, ¿O sí? quizás era pronto para saberlo.
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