No entiendo de destinos, ni de vacíos existenciales, no
entiendo de pausas, de métricas imposibles que acompasan una ralentizada vida
de espera, de eterna lentitud, de ahogado llanto y desespero. No hay esperanza
que el tiempo no derrita, no derrumbe con soplidos de realidad, silencioso,
dejando que cada segundo dilapide su existencia. No entiendo de paciencia, de
sonrisas fúnebres que aparecen en la mediocridad del conformismo, no entiendo
de abismos, donde me diluyo, donde fluyo guiado por una fuerza mucho más intensa
que la gravedad, mucho más difícil de detener cuando se pone en movimiento. No
entiendo de momentos, ni de técnicas estratégicas que hagan sentirse victorioso
a un ejército plagado de pesimistas experimentados, de derrotistas
clarividentes, que apuntan al cielo con sus dedos henchidos de verdad,
señalando la victoria inalcanzable al otro lado del horizonte. No entiendo de distancias, de paseos
imposibles, de medidas inalcanzables que separan objetivos, no entiendo de
abandonos silenciosos, dolorosos, corraleros, que se funden con el alma
grabando a fuego la incapacidad, marcando el futuro de aquellos que vuelven a
intentarlo.
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